22/7/10

Fima

"En la cocina de Fima siempre parecía que acababa de haber una estampida: botellas vacías y cáscaras de huevo debajo del fregadero, tarros abiertos sobre la encimera, manchas de mermelada reseca, yogures empezados, cartones de leche agriada y migas y pegotes pegajosos encima de la mesa. A veces, presa de un ataque de fervor misionero, Nina se subía una manga, se ponía unos guantes de goma y, con un cigarro en la comisura de los labios que parecía estar pegado al labio inferior, atacaba los armarios, el frigorífico, la encimera y los azulejos. En media hora era capaz de convertir Calcuta en Zurich. Durante la batalla, Fima se quedaba apoyado en la puerta de la cocina, inútil y lleno de buena voluntad, y debatía con ella y consigo mismo sobre el desmoronamiento del comunismo o sobre la escuela que rechaza las teorías lingüísticas de Chomsky. Cuando ella se iba, Fima rebosaba una mezcla de vergüenza, afecto, nostalgia y gratitud, quería correr tras ella con los ojos llenos de lágrimas, decirle gracias, amor mío, decir no soy digno de tales favores, pero se contenía y se apresuraba a abrir todas las ventanas para que saliera el humo que había en la cocina. Y tenía una brumosa fantasía. Él estaba enfermo en la cama y Nina lo cuidaba, o al revés, Nina estaba agonizando y él le mojaba los labios y secaba el sudor de su frente."

(Amos Oz, Fima, Siruela 2007, 344 páginas)

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