domingo 16 de agosto de 2009

El maestro Juan Martínez que estaba allí (Manuel Chaves Nogales)


El turco es bueno y suave. Si no se le hostiga. Muy religioso. Se entra en la tienda de un turco cuando está haciendo sus oraciones, arrodillado en su tapiz, y no hay manera de que despache, ni siquiera de que le mire a uno. Entonces había en Constantinopla grandes disputas entre ellos. Se habían dividido en “Viejos turcos” y “Jóvenes turcos”, pero éstas eran ya cuestiones políticas, y yo nunca me he querido meter en política.
(Esto último me lo dice Martínez con un gran ademán desdeñoso.)

jueves 21 de mayo de 2009

Robinson Crusoe (Daniel Defoe)

Me dijo que sólo los hombres desesperados o los que tenían una enorme ambición iban en busca de aventuras al extranjero: unos, con el propósito de elevarse, y los otros, para conquistar la fama por sus empresas fuera de lo común; que todas estas cosas estaban o muy por encima o muy por debajo de mí, siendo la mía una situación intermedia que bien podría considerarse como el nivel más elevado de la posición más baja y que, según él sabía por experiencia, era el mejor estado del mundo, el más adecuado a la felicidad humana, al no estar expuesto a las miserias y privaciones, a las penurias y sufrimientos propios de esa parte de la humanidad obligada al trabajo manual; ni al orgullo, el lujo, la ambición y la envidia que corroían a los miembros más encumbrados de la humanidad.
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(Presentación y apéndice de Emilio Pascual)

sábado 25 de abril de 2009

La era del Capital, 1848-1875 (Eric Hobsbawn)


Un monseñor francés con intenciones misioneras lo expresó así:
“El buen Señor no necesita a los hombres, y la extensión del Evangelio se consigue sin ninguna ayuda humana; sin embargo, para el comercio europeo sería glorioso el prestar su colaboración en la tarea de derribar las barreras que se interponen en el camino de la evangelización...”
En efecto, los “exploradores” de mediados del siglo XIX fueron simplemente un subgrupo bien lanzado en el aspecto publicitario, pero de escasa importancia numérica perteneciente a una asociación muy grande de hombres que abrieron el mundo al conocimiento. Eran aquellos que recorrían zonas en las que el desarrollo y el beneficio económico no eran aún lo suficientemente activos como para reemplazar al “explorador” por el comerciante (europeo), el buscador de minerales, el topógrafo, el constructor del ferrocarril y el telégrafo y, finalmente, siempre que el clima fuera bueno, el colonizador blanco. Los “exploradores” dominaron la cartografía del interior de África porque dicho continente no tuvo ventajas económicas muy claras para Occidente entre la abolición del comercio de esclavos del Atlántico y el descubrimiento, por un lado, de piedras y metales preciosos (en el sur), y por otro, del valor económico de ciertos productos primarios que sólo crecían o se podían cultivar en climas tropicales, artículos que, además, aún no podían obtenerse mediante la producción sintética.

miércoles 11 de marzo de 2009

Panfleto desde el planeta de los simios (Manuel Vázquez Montalbán)

El final de la primera versión de El planeta de los simios, la de Charlton Heston, me impresionó: me cogió muy joven y en un día sensible y me dejó aterrado. La versión de Tim Burton la vi en la sesión matinal de un 11 de septiembre, que en Cataluña es día festivo. Cuando salí del cine, no muy convencido, me fui a casa a comerme una pizza. Mientras la hacía triángulos, que parecían una visualización de porcentajes, tenía puesta la tele: Àngels Barceló, en Telecinco, no sabía aún cómo explicar las imágenes que le llegaban desde Nueva York, aquella Torre Gemela humeante.

"Muerto Dios, muerto el hombre, al parecer se han muerto o se están muriendo al mismo tiempo el Estado y Marx, porque la nueva derecha neoliberal piensa que mientras sobreviva el Estado, Marx tiene posibilidades de resucitar."


Estelas de condensación de bombarderos B-17

domingo 1 de marzo de 2009

Amsterdam (Ian McEwan)

Esta mañana la panadería de abajo no ha abierto. Cuando la inauguraron, hace 6 o 7 años, cada día se llenaba el edificio de un atufante olor a horno. Luego fue el zumbido de la cámara frigorífica por la noche y el estruendo de las 3 persianas metálicas al levantarlas cada domingo a las 8. Hoy es el primer domingo que no abre en 7 años. Me ha venido todo esto mientras leía el principio de Amsterdam: un grupo de yuppies británicos se reúnen en un entierro. Son de ideas progresistas pero se han forrado con las políticas conservadoras. Uno de ellos recuerda a la difunta, una crítica gastronómica, en una fiesta: ante una mesa de billar, en bragas y sujetador, sosteniendo la bola roja, parodiando a Eva con la manzana.

sábado 21 de febrero de 2009

Antéchrista (Amélie Nothomb)

Sabía que no la conocería. No era capaz de dirigirme a ella. Esperaba siempre a que los demás me abordasen: nadie venía nunca.
La universidad era eso: creer que te vas a abrir al universo y no encontrar a nadie.


Hasta mi encuentro con Christa, una de mis felicidades de adolescente había consistido en leer: me acostaba en la cama con un libro y me convertía en el texto. Si la novela era de calidad, me transformaba en ella. Si era mediocre, no dejaba de pasar horas maravillosas delectándome con lo que no me gustaba, sonriendo con las ocasiones perdidas.

La lectura no es un placer sustitutivo. Vista desde el exterior, mi existencia era esquelética; vista desde el interior, inspiraba lo que inspiran esos apartamentos cuyo único mobiliario es una biblioteca suntuosamente repleta: la envidia admirativa hacia quien no se entorpece con lo superfluo y rebosa de lo necesario.
Las historias de dominantes y dominados me molestaban más de lo que podía expresar. Era quizás por esa razón por lo que nunca había tenido ni amigos ni amigas: había visto demasiado, en el instituto y fuera, el noble nombre de amistad relacionado con oscuras servidumbres no consentidas, dispositivos de humillación sistemática, golpes de Estado permanentes, repugnantes sumisiones o procedimientos de chivo expiatorio.

Los que creen que leer es una fuga están muy lejos de la verdad: leer es ponerse en presencia de lo real en su modo más concentrado - lo cual, extrañamente, es menos horrible que tener que tratar con sus continuas disoluciones.

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(Traducción de fragmentos de Antéchrista)

miércoles 11 de febrero de 2009

Rodolfo Walsh

Aunque pueda resultar sorprendente a cualquier ciudadano de Latinoamérica medianamente culto, en España un artículo sobre Rodolfo Walsh tiene que empezar diciendo que se trata de un escritor argentino que nació en 1927, al que mataron cincuenta años más tarde en desigual combate, empuñando una 22 frente a unos milicos que lo emboscaron con armas largas; hay quien asegura que no sobrevivió a la balacera y quien sostiene que, herido y todo, fue chupado y hecho desaparecer por la dictadura militar argentina al cumplirse el año del golpe militar de 1976. Pero si traigo hoy a colación a Rodolfo Walsh no es sólo por una cuestión literaria ligada a la aparición en España de uno de sus libros emblemáticos, Operación Masacre, sino porque la figura de Walsh trasciende la literatura, la enriquece y la desfigura al mismo tiempo, obligándonos a plantearnos cuestiones muy vivas que están mucho más allá de una disputa pedante sobre si Walsh fue el anti-Borges, como refiere Osvaldo Bayer, o fue el más auténtico y actual de los escritores argentinos del siglo XX, cosa difícil de admitir tratándose de una época y una literatura quizá sin parangón en la lengua castellana. Entre otras cosas porque la segunda mitad del siglo XX produce una traslación hacia Latinoamérica del castellano como lengua literaria, que podría resumirse de manera concisa y radical: de allí sale mejor literatura y allí se habla mejor castellano. La literatura española (made in Spain) de la segunda mitad del siglo XX me parece un monótono desierto con jaimas.

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(Extracto de ¿Qué hacemos con Rodolfo Walsh?, artículo de Gregorio Morán aparecido en La Vanguardia el 8 de noviembre de 2008)