12/5/10

El alma del ateísmo

Buda no afirmaba la existencia de ninguna divinidad, y es dudoso que las palabras “sagrado”, “sobrenatural” o trascendente” hubieran aludido, tanto para él como para sus adeptos, a una realidad cualquiera. Pero está claro que el budismo histórico, en sus diferentes corrientes, se ha convertido en una religión, con sus templos, sus dogmas, sus ritos, sus oraciones, sus objetos sagrados o pretendidamente sobrenaturales. Lo mismo sucedió, o poco menos, con el taoísmo y el confucianismo. ¡Qué sabiduría en el origen! ¡Cuántas supersticiones con el paso de las épocas! La necesidad de creer tiende a prevalecer, casi en todas partes, sobre el deseo de libertad.

Lo menos que podemos decir es que Occidente no escapa a ello. Tuvo también sus escuelas de sabiduría, aunque pronto fueron enterradas por la religiosidad que ellas habían pretendido, durante un tiempo, poner a distancia. Fe y razón, mythos y logos coexisten, y es a eso a lo que llamamos una civilización. Las nuestras se alimentaron, durante siglos, de trascendencia. ¿Cómo no iban a quedar marcadas por ella? El animismo está muerto en nuestros países. El politeísmo también. Pero no siento nostalgia alguna, ¡todo lo contrario! Es un primer paso, como muestra Max Weber, hacia la racionalización de lo real. La naturaleza está como vaciada de dioses: permanece el vacío del desierto, como decía Alain, y “ la formidable ausencia, presente por todas partes”. Ésta permanece bien viva.

(André Comte-Sponville, El alma del ateísmo, Paidós 2006, 211 páginas)

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