10/2/09

Proletariado y política

El realismo proletario posee desde un principio dos dimensiones que se contradicen. El primer realismo dice: para que tú recibas lo que mereces, tienes que rebelarte; sólo saldrás de la miseria si empiezas a participar en el juego del poder. El segundo realismo dice: política significa convertirse en víctima; la política tiene lugar en una altura en la que mis intereses inmediatos son una pura nada, donde, según Lenin, los hombres se cuentan por millones. En el realismo del trabajador vive una desconfianza ancestral y profundamente arraigada frente a la política. Toda la gente pequeña, y no sólo los trabajadores en sentido más estricto, conocen el impulso de sacarle la lengua. Por eso, en el realismo popular, los chistes sobre políticos, incluidos los chistes sobre los bonzos del propio partido, han sido siempre aquellos con los que se ha podido reír más sanamente. La política nace de un clinch social que solamente puede procurar satisfacción a aquellos que, a priori, son los vencedores: a las élites, a los ricos, a los ambiciosos, a aquellos que en el obrar político se sienten como los mejores. Por consiguiente, la animación socialista del trabajador a comprometerse políticamente significa siempre una mordaza parcial del realismo proletario. Las grandes politizaciones de masas presuponen guerras o arraigan en una dirección de masas de cuño fascistoide y teatral. Constituye una de las más grandes ironías de la historia el que ningún proletariado occidental haya sido capaz de originar de un modo tan espontáneo y disciplinado movimientos de huelga general como los socialistas polacos del año 1980, cuya huelga no expresaba precisamente una voluntad de poder, sino la voluntad de disminución del sufrimiento por el poder.
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(Extracto de Crítica de la razón cínica de Peter Sloterdijk)

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