6/7/10

La atención



Ante mis ojos no estaba el cuerpo de mujer tierno, gordo, infantil que me había imaginado, sino un esqueleto forrado de piel. La redondez de las caderas que, poco antes, había creído adivinar bajo la ondulación de la falda, no era sino una ilusión óptica producida por los pliegues de la tela y por la amplitud de la pelvis. Carnosos eran en ella tan sólo el rostro, el cuello y las pantorrillas; todo el resto no era más que huesos. Los muslos parecían dos bastones unidos en ángulo recto a la pelvis: yacían paralelos sobre la manta con un gran hueco intermedio en el que asomaba, como la cabeza de un recién nacido, el pubis con un mechón de pelos negros, blandos y largos; el tórax, sobresaliendo por encima del vientre hundido y rugoso, delataba cada costilla bajo la piel tensa; los senos no eran más que dos pliegues aplastados. Los huesos de los brazos arrancaban de los hombros con una rigidez de mesa de anatomía. Yo la miraba en silencio; ella me miraba a su vez sin timidez alguna, y, más aún, casi con una especie de complacido desafío. Por fin preguntó:

-¿Qué te pasa, por qué no vienes a la cama?

(Alberto Moravia, La atención, Alba Editorial 1998, 365 páginas)




La literatura, ¿refleja la realidad o la filtra?

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