8/6/10

Parménides

La vida de escritor era una vida de sueños. ¿Y por qué ahora había escrito, en un rato, y el mismo día en que había decidido hacerlo, un poema tan largo y elaborado, que no era para él, que no sería suyo, que no significaba nada para él? La respuesta estaba a la vista: no había hecho más que enfilar frases hechas y obviedades, no pendía sobre él la espada de lo definitivo, no debía preocuparse por las críticas, ni siquiera por la suya. Así era fácil escribir. Pero ¿no debería ser fácil siempre? ¿Por qué antes no se le había ocurrido un modo de hacerlo fácil?

Todas estas dudas, y otras más que las rondaban como los famosos astros en los consabidos anillos del éter, se desprendían de la insólita sospecha de que hubiera escrito algo bueno sin querer. La mera idea era desestabilizadora. Porque no lo había escrito “en serio”. Había sido algo así como la redacción de una trampa, o más bien un señuelo. Las intenciones no habían sido poéticas ni por un segundo. Pero quizá le faltaba aprender eso: que las intenciones no contaban. Quizá escribir era siempre escribir, y la calidad se decidía en otra órbita.


(César Aira, Parménides, Mondadori 2006, 125 páginas)

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