18/5/10

Chico de barrio

La noche misma del 10 de junio, después del anuncio de la guerra, sonaron las sirenas de alarma. Mi madre, en la obscuridad del cuarto, preguntó en voz baja a mi padre: “¿Debemos despertar a los niños?”. “Vamos a esperar. Puede ser sólo una prueba. También lo hacían así en la otra guerra.”


De fuera llegaban voces incomprensibles., Después alguien gritó con claridad: “¡Apaguen esas luces!”. Oí a mi madre levantarse de la cama y, sin encender la luz, ir a fisgar por la ventana. Las voces iban en aumento. Entonces abrió la puerta y se asomó al corredor.

Así pude distinguir perfectamente lo que se decían de una parte a otra del patio:

“Pero, ¡si los refugios no están aún listos!”

“De todos modos, ¡en el sótano estamos más seguros!”

“¿Ah, sí? ¿Tal vez para acabar como las ratas!”

Todos hablaban con tono normal, sin tener en cuenta la noche, como si de repente se hubiese hecho de día. Aquella repentina animación me pareció algo innatural y entonces tuve por primera vez una sensación que nunca había experimentado y pensé que aquélla debía de ser precisamente la sensación de la guerra.

(Ermanno Olmi, Chico de barrio, Libros del Asteroide 2009, 181 páginas)

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