14/1/12

El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde

Robert Louis Stevenson

Utterson, el notario, era un hombre de cara arrugada, jamás iluminada por una sonrisa. De  conversación escasa, fría y empachada, retraído  en sus sentimientos, era alto, flaco, gris, serio y,  sin embargo, de alguna forma, amable. En las  comidas con los amigos, cuando el vino era de  su gusto, sus ojos traslucían algo eminentemente humano; algo, sin embargo, que no llegaba  nunca a traducirse en palabras, pero que tampoco se quedaba en los mudos símbolos de la sobremesa, manifestándose sobre todo, a menudo y claramente, en los actos de su vida. Era austero consigo mismo: bebía ginebra, cuando estaba solo, para atemperar su tendencia a los buenos vinos y, aunque le gustase el teatro, hacía veinte años que no pisaba uno. Sin embargo era de una probada tolerancia con los demás, considerando a veces con  estupor, casi con envidia, la fuerte presión de los espíritus vitalistas que les llevaba a alejarse del recto camino. Por esto, en cualquier situación extrema, se inclinaba más a socorrer que a reprobar. "Respeto la herejía de Caín" decía con agudeza, "dejo que mi hermano se vaya al diablo como crea más oportuno."


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