6/4/10

Lo que sé de Heidegger

Lo primero al comienzo. El objeto de la filosofía es el pensamiento de Ser. Ese es su campo exclusivo, su servicio. Pero qué es el Ser. Se puede definir de manera rápida con lo que los creyentes llaman Dios. Rápida e inexacta. El Ser es una armonía y un sentido de todo lo presente, pasado y futuro. El pensamiento del hijo del sacristán colinda con la teología pero sabe ser ateo al modo del siglo XX. Sin mencionar a Dios va dando pistas útiles a los creyentes. Pero, nos dice el ayudante de Husserl, la filosofía occidental desde sus comienzos (Platón y Aristóteles) se ha caracterizado por su olvido del Ser y una atención cada vez mayor por lo existente: los individuos concretos, los objetos concretos, las relaciones entre los individuos, entre los objetos, entre individuos y objetos, o las de ellos consigo mismos. Esta deriva ha acabado en el pensamiento científico, expresión que, por cierto, el exseminarista considera contradictoria: la ciencia no piensa, la ciencia ve, constata y, finalmente, ejerce un pensamiento del todo subsidiario de la observación. El pensamiento propiamente dicho es el de la Metafísica, cuyo fracaso, según el de Messkirch, es palmario. La Metafísica ha muerto y Nietzsche firmó el certificado de defunción. El nihilismo entra en escena. Y lo hace a través de la puerta que le abre la alta tecnología: la energía nuclear, la cibernética. Todo vale porque nadie vale nada. Así la tradición occidental encuentra su condena en su mayor logro, la ciencia. Occidente, al olvidar el Ser, paradójicamente se olvida a sí mismo.

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