14/12/08

El desierto de los Tártaros (Dino Buzzati)




Hasta entonces, había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años transcurren lentos y con paso imperceptible, por lo que nadie nota su marcha. Caminamos plácidamente, mirando en derredor con curiosidad, no hay necesidad alguna de apresurarse, nadie apremia por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin pensar y se detienen con frecuencia a bromear. Desde las casas en las puertas, los mayores saludan, compresivos y hacen señas para indicar el horizonte con sonrisas de inteligencia; así, el corazón empieza a latir con deseos heroicos y tiernos, se saborean, la víspera, las cosas maravillosas que esperan para más adelante; aún no se ven, no, pero es cierto, absolutamente cierto, que un día llegarán.

pág. 59




Este libro, que es acaso su obra maestra y que ha inspirado un hermoso filme de Valerio Zurlini, está regido por el método de la postergación indefinida y casi infinita, caro a los eleatas y a Kafka. El ámbito de las ficciones de Kafka es deliberadamente gris y mediocre y sabe a burocracia y a tedio. Tal no es el caso de esta obra. Hay una víspera, pero es la de una enorme batalla, temida y esperada. Dino Buzzati, en esta páginas, retrotrae la novela a la epopeya, que fue su manantial. El desierto es real y es simbólico. Está vacío y el héroe espera muchedumbres.

(Del prólogo de Jorge Luis Borges)

En efecto: en esta novela está Kafka, pero también el Bartelby de Melville o el Wakefield de Nathaniel Hawthorne. Todos ellos pertenecen a un mundo de castigos enigmáticos, de personajes triviales abandonados por su Destino.

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