19/6/14

La lengua en tus nalgas, en
el delicado hedor, cegados
los ojos, sumido en avenidas
de voces, en callejas de barro,
tu cara alejada de mí, tus manos
deslumbradas en el placer
de tus muslos, ajena a mí,
a este éxtasis que te ignora,
hundido en el limo del pozo,
en vilo, descendiendo, aniquilado.

(Juan Antonio Masoliver Ródenas)

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Atenas y Jerusalén

¿Por qué Leibniz defendía con tanta pasión sus verdades eternas y se aterraba tanto ante la idea de que habría que subordinarlas al Creador?...